Autor: Félix Martín Hernández
En la llamada Calle de Merino, existía
una casa de empeño conocida como Casa Comercial de los Villa. Era una de tantas
casas de empeño que había en la Ciudad de Puebla por aquellos años. Y aun
cuando cobraban muy altos intereses, el gobierno de Porfirio Díaz las permitía
con beneplácito ya que le aportaban muy buenas ganancias, aprovechándose de la
necesidad económica del pueblo.
El dueño de la Casa Comercial era
gordo, grasoso, calvo, y chaparro. Pero lo que más llamaba la atención de su
físico era que estaba muy peludo, tanto en el cuerpo como en los brazos y las
piernas. Era todo pelos negros e hirsutos. Se contaba que había hecho buen
dinero administrando, fraudulentamente, un mercado de la ciudad, para luego
dedicarse a prestamista. Tenía por esposa a una mujer flaca y gangosa,
desagradable y fea.
Los habitantes de la Ciudad de Puebla
lo odiaban por usurero. Todo aquel que le empeñaba algo o le pedía dinero
prestado acababa maldiciéndolo. A todas las personas les chocaba verle los
dedos de las manos tan llenos de anillos de oro y piedras preciosas.
Este mal hombre jamás fue capaz de
llevar a cabo una buena acción, y menos aportar dinero para una obra benéfica.
Era avaro hasta las cachas. Cuando alguien pasaba frente a su casa no dejaba de
murmurar: -¡Ojalá algún día Dios te seque la mano! Adentro, se encontraba Villa
y su mujer muy satisfechos contando las monedas que habían obtenido esquilmando
al prójimo.
Un cierto día, el prestamista pasó a
mejor vida. Lo enterraron en el Cementerio de San Francisco. Entonces sucedió
que al dar las once de la noche, una mano negra y horrible trepaba por la barda
del cementerio, con el fin de atrapar a los que pasaban por ahí. Cuando lograba
coger a alguien, la horripilante Mano Peluda llegaba hasta la cara de su
víctima y le sacaba los ojos para, en seguida, estrangularla.
Después de haber cometido los
horribles crímenes, la Mano Pachona regresaba a su cripta a meterse a su ataúd.
El encargado de cuidar el cementerio por las noches aseguraba y juraba por la
Santa Virgen, que la mano ostentaba anillos de oro y piedras preciosas en sus
asquerosos dedos peludos…
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