Autor: Diego Alpuche Castro
En Tultepec vivía una pareja de enamorados, muy conocidos en la
comunidad, pues ella era muy bella y él muy apuesto galán, y ambos pertenecían
a buenas familias. La más enamorada de la pareja era la muchacha. Estaban
prontos a contraer matrimonio, a la ceremonia estaba invitado todo el pueblo.
Todo marchaba a la perfección. Sin embargo, un día antes de la boda, la joven
decidió ir a visitar al novio a su casa, aun cuando según dictaba la tradición
eso no debía de hacerse, pues era creencia que traería muy mala suerte. A pesar
de todo, la joven contravino la norma y se dirigió a la casa de su adorado
novio, pues se moría de ganas de verle.
Al llegar a la casa tocó a la puerta, y como nadie acudió a
abrirle, entró hasta la recámara. Al ver la cama se llevó tal sorpresa que
estuvo a punto de desmayarse, pues en ella se encontraban su prometido haciendo
el amor con su mejor amiga. Al verlos, la novia fue al patio por un grueso
palo, regresó a la recámara, y mató a palos a los infieles, quienes ni siquiera
alcanzaron a defenderse ante tan salvajes y certeros golpes. Una vez cometido
su crimen, la desilusionada muchacha se puso a llorar y regresó a su casa.
Al siguiente día, la mañana del casamiento, la joven se presentó
en la iglesia vestida de novia y acompañada de sus padres que nada sabían de lo
que su hija había hecho. Esperaron los concurrentes la llegada del novio en el
interior de la iglesia. El tiempo pasaba y el muchacho no se presentaba. Dos
horas después, los invitados empezaron a reír y a burlarse de la atribulada
novia. La situación les parecía muy graciosa. Llorando de rabia, la mujer se
salió de la iglesia al tiempo que profería una terrible maldición a los
asistentes: -¡Por haberse burlado y reído de mí, yo los maldigo, y todos
ustedes encontrarán una pronta muerte! Y efectivamente así sucedió. En el lapso
de un mes todos los invitados habían muerto de manera misteriosa.
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