Decían
que el ser humano era la máquina más perfecta que había creado la naturaleza,
pero nadie se imaginó hasta ahora que el mismo ser humano pudiera superar a su
madre con tanta distancia.
La máquina más perfecta que ahora se posaba ante todos para
inspirar miedo y serenidad al mismo tiempo salió de las entrañas del metal y el
fuego y no del barro y de la tierra, además, esta vez no tenía un sexo que lo
definiera raza que lo segmentara, solo se lo conocería como máquina.
La máquina estaban creado para defender y para atacar, para
custodiar y para ofender, para hacer implorar y para hacer orar; era una
máquina que inspiraba religiones en su nombre e incluso fanáticos a su paso,
pero nadie quería y añoraba más a la máquina más perfecta del mundo que los que
hacían parte de ella.
Aunque
se quisiera creer que la máquina tenía conciencia propia no era así, el ser
humano tenía que estar dentro de ella para manejarlo y quienes eran los mejores
para hacerlo que sus propios creadores. Desde el que fundió el metal hasta el
que pensó en cómo se vería, todos tenían un trabajo que hacer dentro de la
máquina, todos cabían en él y aunque no sobraba el espacio, las recámaras y
salones no eran muy pequeños ni desarreglados.
El corazón era quien dominaba a la máquina este se sentaba en el
trono de los ojos y se unía a él en cuerpo y alma con lo que eran largos iones
de conciencia que entraban por los bordes externos de los ojos hasta llegar al
punto elegido del cerebro para esta tarea. Una vez conectado, el corazón era la
máquina y la máquina el corazón.
La fuerza de la máquina se sentía en los brazos del corazón, las
poderosas piernas ahora tenían vida y buscarían caminar y aplastar a su paso,
los cañones de todo tipo que entraban y salían por todas las rendijas se
sentían como poros en la piel, y el corazón tenía total dominio de cada uno de
ellos.
Los capellanes y abates copaban la cabina del corazón viendo
todo lo que indicaran los controles, las temperaturas, las articulaciones, la
movilidad, los destinos, la fuerza, el impulso, los giros, las conexiones y
todo hasta llegar al núcleo: una bola de magma pura que era el corazón de todo
y que se conectaba directamente con el corazón humano de una forma que solo los
que trabajaron dentro sabían. Se dice que si matas al corazón desde dentro el
núcleo explotará de inmediato.
La inerte máquina era impresionante solo a la vista, tan alto
como nada en el mundo y tan fuerte solo como los dioses, capaz de todo por sí
mismo y sin ninguna facción que delatara sentimiento alguno. El solo hecho de
verlo inmóvil hacía que tu vida al fin estuviera completa y más nada tenía
sentido sin él.
Solo
quedaba ver si en algún momento sería necesario hacerlo mover y servirle. Y por
fin el corazón dijo ¡Avanzad!
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