Abrí los ojos. Ante mí estaba yo. Sí,
no había dudas. No era mi reflejo en un espejo, era yo misma. La observé
minuciosamente, ¿o debería decir “me observé”? Mis ojos, mi cabello, incluso
medía exactamente lo mismo que yo. — No tenía que ponerme de pie para saberlo:
su cuerpo entraba perfectamente debajo del perchero del que colgaban unos
pañuelos infantiles, como prueba irrevocable de viejos recuerdos.— Volví a
observarla muda. Ella también me miraba. «Qué está pasándome», me pregunté en
voz alta.
—Silencio, ahora es mi turno. —Lo
dijo tan convencida que me asusté (más).
—¿Qué turno, de qué estás hablando?
—Shhh.
—No, no vas a callarme. ¿De dónde
saliste?
—Del mismo lugar que tú—. Se la
notaba tan segura y determinada que empecé a temblar.
—¿Qué? Mis padres solo tuvieron una
hija, o sea, YO.
—O yo.
—No, no…
—Somos iguales. Todas nosotras somos
idénticas.
Aquello no estaba pasando. Mi cabeza
iba a estallar. Le pedí casi a los gritos que me dijera cómo se llamaba.
Pronunció su nombre: era el mío.
—Lo siento, tengo que prepararme para
la clase de mañana —dijo a continuación.
—No, soy YO la que tiene que hacerlo.
—No, tu turno se terminó.
—¿Qué turno? ¡A ver! Suponiendo que
sea cierto lo que crees de mi padre. ¿No te das cuenta de que no somos iguales?
Básicamente porque yo soy real.
Corrí hacia la puerta. En vano me así
con fuerza del picaporte: mi fatiga se negó a continuar con esa tarea estéril.
Después de una violenta pataleta en la que intenté golpear a mi adversaria, o
sea, autolesionarme, me senté en la cama. «¡Esto no puede estar pasándome!», me
repetía una y otra vez.
—Esto está pasando —me reprendió—, y
si no te comportás vas a volver al taller.
—¿Qué taller? ¡Yooooo sooooooy
reaaaaaal!
—Y entonces, ¿por qué papá quiere
sacarte de circulación?
—No es verdad. Papá me quiere y no
haría semejante cosa…
—¿Y sí crearía una persona que se te
pareciera? —me desafió.
—¿Una persona? Tú no entras en esa
categoría. Eres un robot, una androide, una autómata, un muñeco, una máquina…
¿ENTIENDES?
No, no lo
entendía. Seguía insistiendo. Llamé a mi madre a los gritos; ella sabría
explicarme qué estaba ocurriendo. No apareció, ni siquiera oí sus pasos por el
pasillo como cada mañana. A las 12 mi otro yo abandonó la habitación
recomendándome que me portara bien si no quería ir al taller, donde, por lo que
dijo, otras cientos de yos ocupaban
camas especiales donde se les oxigenaba y se les informaba.
Esperé un poco, hasta que no percibí
ni un rumor. Me levanté sigilosamente e intenté abrir la puerta. El picaporte
giró con la precisión de una aguja mecánica y ante mí se abrió un pasillo
interminable. No era mi casa, ciertamente. Alguien como yo, tan pendiente de
los detalles, no habría olvidado de la noche a la mañana cómo se veía su casa.
Comencé a atravesar aquel corredor muerta de miedo. Al llegar a la punta, no
pude continuar: mi padre estaba bloqueando el paso. Al verlo solo pude pensar
en ese enorme tótem que habíamos visto en uno de nuestros viajes.
—¿Qué está pasando, papá? —le
pregunté, intentando que no se me notara la histeria.
Su respuesta fue una mirada llena de
abismo y pocas palabras. Después, no hay imágenes: la memoria se disipa, como
si una catarata de espuma avanzara sobre ella y le impidiera recordar.
Abrí los ojos. La habitación estaba
en penumbras. Corrí hacia la puerta. El picaporte giró y ante mí se proyectó el
pasillo de mi casa y la luz de la cocina estampando flores contra la pared.
Llamé a los gritos a mi madre, quien acudió con la misma rapidez de siempre.
—Ay, mamá, tuve un sueño horrible,
—le dije. Y le conté lo que había visto.
—Acá estoy, no tengas miedo. ¡Eso sí! De esto ni una palabra a tu padre,
si no quieres terminar en el taller —me dijo con esa mirada dulce y protectora.
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